Seis meses después, quizás la pregunta más difícil de responder sobre la guerra con Irán no sea quién está ganando.
Es otra, bastante más sencilla: ¿qué se suponía que tenía que pasar después?
El 28 de febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva masiva contra Irán. En aquellos primeros días, la operación parecía tener objetivos contundentes: destruir buena parte de la capacidad militar iraní, golpear su programa nuclear y debilitar hasta sus cimientos a la teocracia que gobierna el país desde 1979.
A seis meses del inicio de la guerra con Irán, el balance deja una pregunta difícil de esquivar: ¿cuál era realmente el plan y hasta dónde pretendía llegar Estados Unidos? Lo que comenzó el 28 de febrero con una ofensiva militar de enorme alcance terminó convirtiéndose en un conflicto mucho más largo, costoso y complejo de lo que inicialmente parecía.
Los primeros ataques golpearon instalaciones nucleares y militares, eliminaron a buena parte de la cúpula militar iraní y provocaron la muerte de Ali Khamenei. Durante aquellos días, la posibilidad de un cambio de régimen llegó a estar sobre la mesa. Sin embargo, una cosa era descabezar el poder y otra desmontar una estructura política, religiosa y militar construida durante casi medio siglo. Khamenei murió, pero la teocracia sobrevivió.
El programa nuclear fue uno de los grandes argumentos para entrar en la guerra, aunque hay un elemento que no debería perderse en el relato: Irán lleva años, no meses, afirmando que no busca fabricar armas nucleares y que su programa tiene fines pacíficos. Estados Unidos e Israel han cuestionado durante mucho tiempo esas garantías, especialmente por los niveles de enriquecimiento de uranio y las restricciones impuestas al trabajo de los inspectores internacionales. Esa disputa venía de mucho antes del primer bombardeo.
Cuando la ofensiva militar no produjo el derrumbe de la teocracia iraní, la presión tomó otras formas. Llegaron el bloqueo naval, las negociaciones y nuevas sanciones económicas destinadas a reducir los ingresos de Teherán y dificultar sus relaciones comerciales. De las bombas al bloqueo y del bloqueo a la asfixia económica. Seis meses después, cuesta determinar si esas eran etapas previstas de una misma estrategia o respuestas que fueron apareciendo a medida que la guerra no terminaba como se esperaba.
Y en medio de todo apareció el Estrecho de Ormuz. Una de las rutas energéticas más importantes del planeta, que antes de la guerra permanecía abierta pese a décadas de tensiones, terminó convertida en una de las principales cartas de presión de Irán. Lo que ocurre allí no se queda en Oriente Medio: repercute en el petróleo, el transporte marítimo, los seguros, las cadenas de suministro y finalmente en los precios que pagan millones de personas alrededor del mundo.
Estados Unidos tampoco ha salido indemne. Seis meses significan miles de millones de dólares, municiones utilizadas, barcos, aviones y personal comprometidos en Oriente Medio mientras Washington mantiene obligaciones en Europa y mira hacia China y el Indo-Pacífico. A eso se suma el costo político interno de una guerra que también termina sintiéndose en la gasolina, la inflación y el bolsillo de los estadounidenses.
Irán está hoy más debilitado militar y económicamente que hace seis meses. Si el objetivo era destruir parte de su capacidad militar, Washington puede mostrar resultados. Si era golpear su programa nuclear, también. Si era debilitar económicamente al país, el bloqueo y las sanciones han profundizado enormemente esa presión.
Pero si el objetivo era cambiar el régimen, la teocracia sigue ahí. Y si el objetivo era garantizar la estabilidad del Golfo y reducir la capacidad de Irán para amenazar el flujo energético mundial, seis meses después Estados Unidos está intentando resolver un problema que antes de comenzar la guerra no tenía en estas dimensiones: el Estrecho de Ormuz.
Tal vez esa sea la fotografía más incómoda de estos seis meses: Estados Unidos consiguió destruir mucho, pero todavía resulta difícil explicar qué debía existir en su lugar.
Porque destruir es un objetivo militar. Saber qué viene después es una estrategia.
Y ninguna guerra debería comenzar sin tener una respuesta para esa pregunta.