21 de febrero de 2024

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Algunos mecanismos de humillación y mofa trujillista

Luce que era parte de la teatralidad del dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina el recurrir frecuentemente a los términos soeces, a la inventiva de imaginar situaciones insólitas y bufonerías para ridiculizar y humillar a algunos de sus incondicionales corifeos durante su oprobioso modelo de gobernanza.

Así se deduce de la lectura de diversos relatos de la autoría del laureado cuentista, novelista y escritor Marcio Veloz Maggiolo, intelectual cautivado por la realidad de la populosa barriada capitalina de Villa Francisca y los temas relacionados con Trujillo, el folclor, la bohemia, la composición, el canto popular y sus más emblemáticos intérpretes nacionales e internacionales.

Refiere el brillante escultor de las letras, tres veces ganador del Premio Nacional de Novela y dos del Nacional de Cuentos, en su fascinante novela Uña y Carne: Memorias de la Virilidad, que “la palabra “maricón” era de las preferidas del señor Jefe”, para descalificar a cualquiera de sus acólitos.

Asimismo, con igual propósito y similar frecuencia, el denominado “Benefactor de la Patria”, también empleaba la frase “Usted no es más que un loco de remate”, “Usted cree que yo me lo mamo” y “me cago en el santoral”, como parte del contenido de sus parrafadas verbales.

Insinúa Veloz Maggiolo que de la pleitesía exigida por el sanguinario gobernante en cuestión y la peculiar manera de despotricar o deshacerse  de sus súbditos, no debemos ignorar que  el dictador criollo disfrutó, en San Cristóbal, de una especie de “solotto” atractivo y confortable “con una fuente llena lilas, hamacas de Cartagena de Indias, sillas de caoba centenaria y cotorras del noreste que aprendieron pronto a decir “Viva Trujillo”, o  “váyase al carajo”, o bien “no me hablen más de ese tipo”, expresiones que los contertulios no debían olvidar aún vinieran de voz de unas aves parlanchinas.

En ánimo de continuar conociendo algunos detalles de la malsana creatividad del entonces considerado “Mesías, Dueño y Señor del Hato Dominicano”, quizás valdría la pena hacer referencia al caso del médico Boni García Fabián, nombre real o ficticio acuñado por Marcio Veloz Maggiolo a uno de los personajes de su novela, sobretodo cuando se alude a un curioso bizcocho de bodas y a la gordura que proyectaba el pintoresco espécimen “redondo sexual” y trujillista.

Expone el prolífico investigador, escritor,  arqueólogo y antropólogo dominicano que en una ocasión el déspota que malgobernó a sangre y fuego el país, “…regaló a un amigo un bizcocho de bodas condimentado con sal en vez de azúcar. Una preciosidad según Boni”.