Estados Unidos.- Una extensa caravana compuesta por más de 600 migrantes que han salido desde Honduras, El Salvador, Guatemala y Haití a la que pudieran estársele uniendo más personas a medidas de su imparable avances hacia territorios estadounidense, no parece ser un acto fortuito, aunque los organizadores argumentan que está motivada por las acciones del gobierno de Trump ante la presión de deportaciones masivas.
Levanta poderosamente sospecha, que esta caravana haya sido, hasta bautizada con un carismático nombre “Fe y Esperanza”, que parece más bien una consigna política y un desafía a las estrictas políticas migratorias implementadas por la administración Trump desde su arribo al poder en 2025
Ni siquiera las intensas lluvias y fuertes vientos provocados por los efectos de la tormenta Rachel en el Pacífico de México ha sido obstáculo para impedir su avance hacia la frontera sur de Estados Unidos.
Desde sus inicios con unas 300 personas el jueves 24 de septiembre, su crecimiento ha sido exponencial retroalimentado con individuos en varados en la frontera con Mexico decididos a llegar a Estados Unidos, a pesar de que se enfrentaran a la ira de las autoridades norteamericanas que ven esto como un verdadero desafío a las leyes.
Aunque este redactor no encontró evidencia verificable independiente, La administración Trump no tardó en culpar al Partido Demócrata de estar organizando, financiando y dirigiendo la caravana con fines políticos con miras a las elecciones de medio termino de noviembre. No obstante, sí hay evidencias de que los demócratas en el pasado reciente, crearon políticas migratorias blandas que incentivaron el caldo de cultivo para para la creación de un éxodo masivos de inmigrantes indocumentados hacia Estados Unidos.
La caravana aparece en un momento políticamente sensible para Estados Unidos. Su marcha comienza cuando el país entra en la recta final de las elecciones de medio término del 3 de noviembre y, por la duración natural del recorrido desde Centroamérica hasta la frontera estadounidense, su avance podría coincidir con las últimas semanas de campaña. Esa circunstancia convierte el movimiento migratorio en un ingrediente político inevitable, especialmente para una administración que ha colocado el control fronterizo entre sus principales banderas.
Hay que resaltar que la caravana que estamos describiendo ahora, no es la misma de aproximadamente 600 personas que salió de Tapachula el 20 de agosto. Aquella, llamada Sueños sin Fronteras, terminó desintegrándose en Chiapas a comienzos de septiembre. La actual llegó desde Honduras y se fue engrosando en Tapachula.
Reuters entrevistó a integrantes de la actual marcha antes de que el grupo aumentara. El hondureño Oscar Vanegas aseguró que nadie estaba dirigiendo o pagando a los participantes y que cada persona sufragaba sus propios gastos. Otro migrante, Iker Cárcamo, dijo directamente que su objetivo era llegar a Estados Unidos y pidió al Gobierno mexicano que les permitiera el paso. Reuters también documentó a funcionarios mexicanos proporcionando agua y alimentos al contingente. No deteniéndolo y esto sí que ofrece un elemento para el análisis.
¿Trump ha reaccionado específicamente a esta caravana?
Trump no ha permanecido en silencio frente al fenómeno que representa la nueva caravana. Aunque hasta ahora la Casa Blanca no ha identificado públicamente por su nombre al contingente Fe y Esperanza, la administración ha venido enviando durante semanas un mensaje inequívoco a cualquier grupo que pretenda avanzar hacia la frontera estadounidense.
El mismo 20 de septiembre, cuando la caravana comenzó su recorrido desde Honduras, la Casa Blanca volvió a exhibir como uno de sus principales logros que durante 16 meses consecutivos ningún migrante detenido en la frontera había sido liberado hacia el interior de Estados Unidos.
El mensaje detrás de esa cifra es precisamente uno de los pilares de la estrategia de Trump. Llegar hasta la frontera ya no significa necesariamente conseguir entrada temporal al país mientras se procesa un caso migratorio.
Dos días después, ante la Asamblea General de Naciones Unidas, Trump convirtió nuevamente la inmigración masiva en parte de su discurso internacional. Defendió el derecho de Estados Unidos a cerrar sus fronteras a la inmigración ilegal y acusó a organizaciones internacionales de promover movimientos migratorios que, según su Gobierno, erosionan la soberanía de las naciones.
La secretaria de Seguridad Nacional también ha dejado establecida públicamente la advertencia que enfrenta cualquier migrante que intente entrar ilegalmente bajo esta administración. El mensaje oficial ha sido que no vengan, porque quienes crucen ilegalmente pueden ser arrestados, deportados y enfrentar impedimentos para regresar legalmente.
La importancia política de Fe y Esperanza radica precisamente en que sus integrantes están avanzando conociendo esas advertencias. A diferencia de otra caravana que salió de Tapachula el 20 de agosto, cuyos propios integrantes reconocían que las políticas de Trump les hacían desistir de intentar inmediatamente el cruce hacia Estados Unidos, miembros del nuevo contingente han declarado abiertamente que su destino continúa siendo territorio estadounidense.
En consecuencia, la confrontación ya está planteada aunque todavía Trump no haya pronunciado el nombre de la caravana. Los migrantes anuncian públicamente que avanzarán hacia Estados Unidos y la administración responde con una política igualmente pública según la cual quienes intenten entrar irregularmente no serán liberados dentro del país.
Si el contingente logra atravesar México y aproximarse a la frontera, esa política dejará de ser solamente una advertencia y enfrentará una prueba visible en plena recta final de las elecciones de medio término.
La Casa Blanca acaba de proclamar que lleva 16 meses consecutivos sin liberar hacia el interior del país a personas detenidas cruzando ilegalmente la frontera. El Gobierno sostiene que terminó con el sistema de catch-and-release y presenta ese dato como una de las principales diferencias respecto de la administración Biden.
Además, Trump mantiene desplegados efectivos militares y de la Guardia Nacional en apoyo a las operaciones fronterizas, reanudó la construcción del muro, restableció Remain in Mexico y amplió la capacidad de detención y deportación. La propia Casa Blanca enumera esas medidas como piezas centrales de su estrategia migratoria.
Eso significa que el mensaje práctico para estos 600 migrantes es muy diferente al de las caravanas que llegaron durante la presidencia de Biden.
Llegar a la frontera ya no equivale a ser procesado y posteriormente liberado dentro de Estados Unidos mientras se resuelve un caso migratorio. La estrategia actual consiste precisamente en eliminar esa expectativa.
Reuters comprobó hace apenas tres semanas el efecto disuasorio de esa política. Los refugios de la frontera norte mexicana se encuentran con ocupaciones muy bajas porque numerosos migrantes han desistido de intentar entrar en Estados Unidos ante la posibilidad de detención y deportación. En Ciudad Juárez algunos refugios operaban aproximadamente al 15 % de su capacidad.