12 de febrero de 2026

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Pombo Rompió el Silencio y Reveló lo que dijo el Che Guevara Antes de Morir

Che Guevara
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Hay silencios que no se notan porque están cubiertos de música, de banderas, de fotos repetidas hasta el cansancio. Son silencios que se vuelven parte del paisaje, como si siempre hubieran estado ahí. Pero a veces, muy de vez en cuando, alguien envejece lo suficiente como para dejar de temerles. Y cuando eso ocurre, la historia —esa historia pulida, domesticada, convertida en ceremonia— se resquebraja.

En La Habana, en marzo de 2017, un hombre de ochenta años se sentó frente a una cámara con las manos temblorosas y la mirada de quien ya no necesita convencer a nadie. Harry Villegas, “Pombo”, no hablaba como un héroe. Tampoco como un mártir. Hablaba como un testigo cansado, como alguien que había vivido demasiado tiempo con una puerta cerrada dentro del pecho. Afuera la ciudad seguía con su ritmo: motos, voces, calor, sal. Pero adentro, en aquel cuarto discreto, el pasado regresaba con una nitidez que dolía.

Durante años, Pombo había respondido las mismas preguntas con las mismas frases. Se había convertido en una pieza más del relato oficial: el sobreviviente, el compañero, el hombre que regresó para contar. Y aun así, cada vez que pronunciaba ciertas palabras, sentía que algo se quedaba pegado en la garganta. No era culpa, al menos no de esa culpa fácil que se llora en público. Era otra cosa: la conciencia de que callar también puede ser una forma de obediencia… y a veces, de traición.

Ese día, sin embargo, venía a hacer lo contrario. Venía a explicar por qué había guardado un mensaje durante cincuenta años. Un mensaje que Ernesto Guevara le confió en Bolivia, en el borde mismo del derrumbe, cuando el aire se volvía polvo y cada paso era una apuesta. Un mensaje que nunca llegó a Fidel. Un mensaje breve, casi enigmático, que lo persiguió como una sombra pegada a la piel.

No lo contó con dramatismo. Lo contó con esa serenidad seca que tienen las personas cuando han llorado por dentro durante décadas y ya no queda lágrima disponible. Dijo que no buscaba condenar a nadie ni engrandecer a nadie. Que a esa edad lo único que quería era dejar de cargar el silencio como si fuera un órgano más del cuerpo. Y mientras hablaba, se notaba algo incómodo: no estaba rompiendo un secreto ajeno, estaba rompiendo el pacto que lo sostuvo vivo y aceptado durante medio siglo.

Recordó Bolivia sin épica, como se recuerda el hambre: directo, áspero, sin adornos. Dijo que la gente se imagina aquellas montañas como un escenario romántico, pero que en realidad eran cansancio, fiebre, botas rotas, asma, barro, mosquitos, y un enemigo que se acercaba con paciencia. Los discursos no servían para calentarse en la noche. Las consignas no curaban una herida. La revolución, en su forma más cruda, era simplemente un grupo de hombres intentando no desaparecer.

Y sin embargo, dentro de esa crudeza, existía una cosa más dura todavía: las diferencias que nadie quería pronunciar. Pombo insistía en algo que le ardía en la lengua: el mundo había sido educado para creer en una unidad perfecta entre Fidel y el Che, una fraternidad sin fisuras, una línea recta de admiración eterna…