La indignación moral se ha vuelto selectiva. Se activa con furia en algunos conflictos, se amplifica en redes, se transforma en marchas, consignas y pronunciamientos públicos, pero desaparece casi por completo cuando las víctimas no encajan en un relato conveniente. No es una cuestión de desconocimiento ni de falta de información: es una elección. Y esa elección deja en evidencia una profunda incoherencia ética.
Palestina genera, con razón, una atención constante y global. El sufrimiento civil, los bombardeos y el conflicto ocupan titulares, discursos y campañas internacionales. Sin embargo, cuando se trata de Irán, donde un régimen reprime brutalmente a su propia población, encarcela disidentes, ejecuta manifestantes y persigue sistemáticamente a las mujeres, el silencio es ensordecedor. No hay movilizaciones masivas ni indignación sostenida. Denunciar a Teherán incomoda, rompe alianzas narrativas y obliga a confrontar una realidad que muchos prefieren esquivar.
La misma lógica se repite en África. Masacres, guerras civiles, limpiezas étnicas y asesinatos sistemáticos en países como Sudán, Nigeria, la República Democrática del Congo o Etiopía dejan miles de muertos cada año sin provocar reacción internacional comparable. No hay hashtags virales ni celebridades indignadas. Las víctimas africanas parecen condenadas a una tragedia sin cámara, como si su sufrimiento no tuviera suficiente valor simbólico para convertirse en causa global.
Esta doble vara no es neutralidad ni prudencia: es hipocresía. Elegir qué tragedias merecen atención y cuáles pueden ignorarse convierte la defensa de los derechos humanos en una herramienta política, no en un principio universal. Se protege la coherencia del discurso propio, pero se sacrifica la coherencia moral. Y en ese proceso, se abandona a millones de personas cuya única falta es no encajar en el guion correcto.
La justicia no puede funcionar por conveniencia ni por moda. O se condena la represión, la violencia y los asesinatos sin importar quién los cometa y dónde ocurran, o se acepta que la indignación no es ética, sino estratégica. Gritar por unos mientras se calla por otros no es empatía: es elegir víctimas. Y ese silencio, también mata.