Durante la segunda vuelta, los candidatos tienen ideas muy diferentes para el futuro de su país: Keiko Fujimori a la derecha y Roberto Sánchez a la izquierda. Pero lo que está en juego, más allá de los nombres, es algo mucho más profundo: la oportunidad de que Perú finalmente salga del atolladero político en el que ha estado sumido durante años.
El país llega a estas elecciones cansado. En apenas 10 años ha nombrado a ocho presidentes, y hoy está a punto de elegir al noveno. Esa cifra por sí sola lo dice todo sobre el estado de sus instituciones y el sentido de desconfianza que el país en su conjunto tiene hacia quienes lo dirigen.
La hija del expresidente Alberto Fujimori y líder de Fuerza Popular, Keiko Fujimori, apuesta por la continuidad económica: inversión privada, mercados abiertos, estabilidad para los negocios. Es una propuesta familiar para el electorado peruano, pero también lleva el peso de un apellido que divide.
Por otro lado, Roberto Sánchez (apoyado por Juntos por el Perú) promete una reforma radical: una nueva Constitución, mayor participación del Estado en la economía y una remodelación de las prioridades de la nación. Para sus seguidores, él es la única verdadera escapatoria de un modelo que, en su opinión, ha reforzado la desigualdad.
No es una polarización nueva, ni sorprendente. Desde que Pedro Castillo fue destituido en 2022, y las protestas que dejaron decenas de muertos, Perú nunca ha avanzado. A eso se suma un aumento continuo de la delincuencia, escándalos de corrupción que manchan a casi todos los partidos, y un Congreso tan altamente dividido que gobernarlo se ha convertido en un ejercicio de resistencia después de todo.
Quien gane este domingo heredará un legado desagradable: un país dividido, una legislatura difícil de administrar y toda una generación de personas que pasaron años viendo presidentes ir y venir sin que ninguno realmente resolviera lo que importa. La pregunta que queda no es quién gana, sino si alguno de ellos tendrá lo necesario para hacer algo diferente.