¿Qué les habíamos dicho? Que la utopía del gratis total con el musulmán comunista de Zohrar Mamdani, flamante alcalde de Nueva York, iba a durar lo que durase el dinero y, aunque parezca de récord, ya no queda mucho más. Así que el alcalde se ha presentado ante los medios con un triste mensaje de SOS urgente: Nueva York está en quiebra. Nueva York. Imaginen.
Desespero de la humanidad, debo confesar; no sé cuántas veces tenemos que vivir idéntica historia hasta que entendamos de una vez lo que haría copiar mil veces a cada aspirante a político: EL SOCIALISMO NO FUNCIONA. NUNCA. EN NINGUNA PARTE.
El Ayuntamiento reconoce un agujero presupuestario que se mueve en la horquilla de los 5.000 a los 7.000 millones de dólares. En una ciudad cuyo presupuesto ya supera los 120.000 millones. El problema no es solo el déficit. Es el modelo, estúpido.
Porque lo que hubiera hecho cualquier alcalde que llegara al puesto en estas condiciones sería, nada más sentarse en el despacho y hacer números, elaborar un plan de contención de gasto y priorización de partidas presupuestarias. Aunque fuera solo de momento, antes de esquilmar a los ricos y todo eso. Luego le das a la alegría del gasto absurdo propia de la demagogia socialista. Pero con perras en el bolsillo.
Y claro, no, que la izquierda es puro Disney y basta que Mamdani diga palabras muy bonitas y desee muy fuerte, muy fuerte, la felicidad del pueblo. Así que se puso a engordar las partidas de gasto y ya sacudirían a los contribuyentes el fondo de sus bolsillos.
Pero por mucho que la izquierda odie a los ricos, ellos son los que tienen el dinero para cumplir esas bonitas fantasías, y decirles de golpe que les vas a saquear suele ahuyentarlos. El consejero delegado de JPMorgan Chase, Jamie Dimon, lo resumía con crudeza: el capital no tiene lealtad territorial, tiene incentivos. Cuando estos cambian, el dinero se mueve.
La propuesta fiscal del alcalde —que incluye nuevas cargas sobre rentas altas, patrimonio inmobiliario de lujo (pied-à-terre) y actividad empresarial— parte de una premisa clásica: que existe una base estable de contribuyentes dispuesta a soportar incrementos sucesivos de presión fiscal sin alterar su comportamiento. Es una hipótesis cómoda, pero más falsa que un euro de madera. Nueva York depende de forma crítica de una minoría fiscalmente hiperproductiva. Si esa minoría reduce su exposición —mudándose, reestructurando activos o simplemente invirtiendo en otro lugar—, el sistema entero entra en tensión.
Lo hemos vivido tantas veces que ya aburre. En los años setenta, la ciudad ya vivió un proceso de erosión fiscal que desembocó en la célebre crisis que obligó a una intervención externa. Entonces, como ahora, el problema no fue la falta de riqueza, sino su progresiva fuga.
Hay señales de que ese mecanismo ha vuelto a ponerse en marcha. Empresas que expanden operaciones fuera del estado, patrimonios que diversifican residencia fiscal, inversores que empiezan a exigir una prima de riesgo implícita por operar en Nueva York.
A este cuadro se añade un elemento menos visible, pero igual de relevante: la calidad del gasto.
Mientras el Ayuntamiento explora fórmulas para aplazar obligaciones —incluyendo pagos a fondos de pensiones que se desplazarían décadas hacia el futuro—, sigue ampliando su estructura política, AKA chiringuitos de amiguetes. El programa de «participación masiva» impulsado por Mamdani, con salarios de seis cifras y un coste agregado cercano a los dos millones de dólares según el New York Post, no es lo que uno esperaría en un contexto de restricción presupuestaria.
Y ahora vienen los llantos y el pasar la gorra. Porque alguien tiene que pagar este estropicio, y no va a ser San Mamdani. Segundo movimiento: la búsqueda de respaldo externo. El Ayuntamiento ha intensificado sus demandas de financiación adicional al Estado de Nueva York, encabezado por Kathy Hochul, en una negociación que en la práctica equivale a reconocer que las cuentas no cierran con los recursos propios. No es todavía un rescate formal, pero poco le falta.
Nueva York es la Gran Manzana, si aquí lo logras, lo lograrás en cualquier parte, la meca del Capitalismo, el espejo del libre mercado. Uno puede permitirse con Nueva York lo que no podría en un pueblecito de Alabama. Nueva York es rico, tiene inercia, capital humano, infraestructura, centralidad financiera. Puede absorber tensiones que otras ciudades no resistirían. Pero incluso Nueva York tiene límites. El más claro de todos es éste: no puedes basar tu modelo en gravar indefinidamente a quienes tienen la capacidad de marcharse.
La ciudad que simboliza el capitalismo global está poniendo a prueba esa evidencia básica. Y, como suele ocurrir, no será la teoría la que dicte el resultado. Será la contabilidad.