En 1861, la República Dominicana no fue invadida.
No hubo cañonazos ni desembarcos enemigos.
La independencia se perdió con una decisión interna.
Pedro Santana, presidente y héroe militar para algunos, decidió anexar nuevamente el país a España.
Su argumento fue claro y brutal:
un país quebrado, aislado, sin apoyo internacional y bajo amenaza constante.
Desde su perspectiva, la Anexión no era una traición.
Era una forma de evitar el colapso total del Estado dominicano.
Al principio, pareció funcionar.
España prometió orden, protección y estabilidad.
Hubo calma. Hubo control. Hubo silencio.
Pero esa calma duró poco.
La inconformidad creció.
Las promesas no se cumplieron como se esperaba.
Y dos años después, ese mismo pueblo al que no se le consultó volvió a empuñar las armas.
Así estalló la Guerra de la Restauración.
Hoy, más de un siglo después, la pregunta sigue incomodando:
¿Pedro Santana entregó la patria…
o tomó una decisión desesperada ante una realidad imposible?
La historia no siempre se divide entre héroes y villanos.
A veces se construye con decisiones tomadas bajo presión, miedo y cálculo político.
¿Tú cómo interpretas esa decisión hoy?
¿Traición imperdonable o intento de supervivencia?