4 de febrero de 2026

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Melania Trump
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Imaginen el daño que su marido podría causar con una Evita a su lado

El museo de Buenos Aires que cuenta la historia de Eva Perón, la ex primera dama de la Argentina, está engalanado con banderines que consignan el año de su nacimiento, 1919, pero no el de su muerte. Por si el visitante no capta el punto, la palabra “inmortal” aparece en español debajo de su rostro sonriente. En el interior, las exhibiciones relatan el papel de Perón en el fortalecimiento de la política populista de su marido, Juan Perón, habilitando su autoritarismo, su desprecio por la independencia judicial y periodística y su afición por el capitalismo de Estado. Forjó un vínculo tan fuerte con el pueblo llano de la Argentina que, cuando murió con apenas 33 años —porque morir, murió, de cáncer, en 1952—, millones se agolparon para vislumbrar su cadáver. Las flores se agotaron, dice una placa, no sólo en la Argentina sino también en países vecinos.

Un visitante estadounidense del Museo Evita podría salir con emociones encontradas: asombro ante el efecto perdurable de Eva Perón en la Argentina y gratitud por Melania Trump. ¿Quién sabe hasta dónde habría llegado Donald Trump con una Evita a su lado? De acero, reservada y extravagantemente ornamentada, la señora Trump siempre ha parecido más naturalmente en casa en una torre Trump que en un mitin de Trump —un encaje mejor, en otras palabras, para su marca comercial aspiracional que para su marca política “cercana”. Rara vez siquiera ha aparecido en mítines.

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Eva Perón es una figura muy importante en la historia política argentina

Lo más cercano a una revelación en el nuevo documental “Melania” es una escena en la que, preocupada por la seguridad, la señora Trump objeta repetidamente la rutina tradicional de la pareja presidencial de bajarse de la limusina para caminar un poco durante el desfile inaugural (al final, citando el frío, el señor Trump trasladó la celebración al interior). En contraste, Evita una vez apartó a un colaborador que intentaba bloquear a una suplicante con una llaga sifilítica en la boca y luego besó a la mujer pobre en los labios.

Pero considérese hasta dónde han llegado las esposas de presidentes más convencionales, no sólo para suavizar la imagen de sus maridos, sino para respaldar sus prioridades —piénsese en Laura Bush en educación o en Hillary Clinton en salud—. Cuando la señora Trump ha mostrado interés por la política, sus prioridades han estado alejadas de las de su marido, cuando no en conflicto con ellas. “Había anticipado algunas críticas a la luz del comportamiento de Donald en redes sociales”, reconoció en 2024 en unas memorias, insistentemente marcadas como “Melania”, al describir cómo tomó la causa del ciberacoso (oponiéndose a él, es decir).

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El matrimonio Trump en la presentación de «Meliana»

La señora Trump deja claro en el libro que apoya el derecho al aborto, otro asunto en el que debe de haber tenido poca influencia o haber optado por no ejercer la que tenía. Sobre el ataque al Capitolio por parte de los partidarios de su marido el 6 de enero de 2021 escribe: “La violencia que presenciamos fue inequívocamente inaceptable”. (No denunció la violencia mientras ocurría, explica, porque “no estaba al tanto de los acontecimientos”). La señora Trump es la primera inmigrante naturalizada en desempeñarse como Primera Dama, lo que también puede crear terreno para un desacuerdo político profundo —y, de ser así, también dolorosamente irrelevante—. “No importa de dónde vengamos, estamos unidos por la misma humanidad”, dice en una de las muchas banalidades del documental, aunque una que golpea fuerte, dado que el presidente ha llamado “basura” a algunos inmigrantes.

Ella y el señor Trump se alinean claramente en un agravio compartido por cómo fueron tratados durante y después de su primer mandato. En sus memorias, la señora Trump escribe sobre la cancelación de su cuenta bancaria y la anulación de diversos emprendimientos comerciales, incluida una “iniciativa mediática” no especificada, porque, sospecha, de “sesgos relacionados con mi apellido y afiliación política”. Haría falta un Trump verdaderamente recto para no saborear cómo los titanes de los negocios ahora se arrastran ante la familia, y parece que no hay tales Trump. Eric Trump, el segundo hijo del presidente, recibió una inversión de medio billón de dólares en el emprendimiento de criptomonedas de la familia de parte de un miembro de la realeza de Abu Dabi, informó el Wall Street Journal el 31 de enero. Posteriormente, a los Emiratos Árabes Unidos se les concedió acceso a los chips de inteligencia artificial más avanzados de Estados Unidos.

Apuestas Trump

La señora Trump ha logrado una hazaña mayor de autoenriquecimiento trumpiano. No hubo que transferir ninguna tecnología sensible. De hecho, al permitir el acceso de una cineasta en los días previos a la asunción del año pasado, la señora Trump consiguió aportar casi nada de interés en absoluto. Sin embargo, el documental fue (s)untuosamente financiado por Amazon, que, de nuevo según el Journal, ofreció cerca de tres veces más que cualquier otro postor, 40 millones de dólares, después de que ella presentara la idea a Jeff Bezos durante una cena. Según se informa, la señora Trump se quedó con al menos 28 millones de dólares como honorarios, junto con el control editorial. Amazon ahora está gastando 35 millones de dólares para promocionar el anuncio que le pagó a la señora Trump para que hiciera sobre sí misma. Ni siquiera el propio proveedor de Trump Steaks logró jamás un acuerdo tan pulido. (Uno se pregunta, de hecho, si la nueva demanda de 10.000 millones de dólares del presidente contra el gobierno que dirige, por su declaración impositiva filtrada, pretende recuperar la delantera en algún retorcido certamen familiar).

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El presidente Donald Trump con su esposa, Meliana

La señora Trump, que a los 55 años es 24 años menor que su marido, ha hecho más que sus predecesoras como Primera Dama para afirmar una independencia personal, si no política. Desde que Martha Washington se comparó con una prisionera del Estado, las Primeras Damas han luchado con la sensación de estar atrapadas. Pero la señora Trump ha vivido fuera de la Casa Blanca gran parte del tiempo y ha desaparecido de la vista pública durante largos períodos. Pese a las riquezas de su marido, la independencia financiera también le importa; la llama “un valor central” en sus memorias. Al menos, con su chanchullo, está construyendo su propia marca más que la de él, y construyéndola alrededor de un engaño relativamente inocuo: que tiene un gusto excepcional, no una visión para Estados Unidos. Pat Nixon llamó a ser Primera Dama “el trabajo no remunerado más duro del mundo”. En esos dos aspectos, y sólo en esos, Melania Trump está a la altura de la afirmación de su película vanidosa de que está reinventando el rol.

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