20 de enero de 2026

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Cuándo Estados Unidos se pelea con sus aliados, ¿quién gana realmente?

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Lo que estamos viendo hoy no es una simple disputa diplomática ni una estrategia clásica de presión internacional. Es algo más profundo, y más preocupante: Estados Unidos confrontando a aliados históricos, tensionando la OTAN y utilizando herramientas económicas como los aranceles, desde una lógica personalista, más que institucional. En ese escenario, la pregunta clave no es quién pierde sino quién se beneficia.

La respuesta es incómoda, pero evidente: Vladimir Putin.

Rusia lleva décadas intentando debilitar la cohesión occidental, sembrar desconfianza entre Estados Unidos y Europa y erosionar la OTAN desde dentro. Hoy, sin disparar un solo misil, Moscú observa cómo ese objetivo avanza a fuerza de declaraciones, amenazas comerciales y decisiones que rompen la lógica de alianza. Un bloque dividido es un bloque más débil, y eso altera directamente el equilibrio global.

China también encuentra espacio para avanzar. Mientras Washington endurece el tono con socios tradicionales y amenaza con aranceles, Pekín se presenta como un actor más predecible en el terreno comercial. No porque sea más democrático o transparente, sino porque el vacío de liderazgo nunca permanece vacío. En geopolítica, nadie espera.

Europa, por su parte, queda atrapada entre la presión económica y la necesidad de reaccionar. A corto plazo asume costos, pero a mediano plazo acelera un proceso que ya estaba en marcha: mayor autonomía estratégica, más inversión en defensa y menor dependencia automática de Washington. No se trata de una ruptura, pero sí de una relación distinta, más cautelosa y menos confiada.

Dentro de Estados Unidos, las consecuencias son aún más concretas. Los aranceles no castigan gobiernos extranjeros: los paga el consumidor estadounidense. Suben los precios, se encarece la vida cotidiana y aumenta la incertidumbre económica. Todo esto ocurre mientras el país se polariza internamente y la política migratoria se ejecuta con una dureza que genera miedo, caos institucional y choques con estados y autoridades locales.

Lo más preocupante no es el conflicto en sí, sino la lógica que lo impulsa. No parece una estrategia de Estado cuidadosamente diseñada, sino una política exterior cada vez más personalizada, donde el enojo, el castigo y la revancha sustituyen al cálculo frío y al interés nacional de largo plazo.

Estados Unidos no es fuerte solo por su poder militar o nuclear. Es fuerte porque lideró alianzas, construyó reglas y generó confianza. Cuando ese liderazgo se erosiona, el daño no siempre es inmediato, pero sí profundo. Y quienes celebran no están en Washington ni en las capitales europeas; están en Moscú.