09/27/2020

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La vida de un pueblo 26 años años después de ser sepultado por una presa

MÉXICO – Sósimo Nieto recuerda el momento exacto en que le cayó arriba la tristeza que siente desde hace 26 años. Caminaba por un camino de tierra y, a cada paso que daba hacia la cima, tenía la certeza de que nunca volvería a pisar aquel suelo fértil de papayos e higueras a lado del río porque quedaría inundado en pos de la modernidad.

“Cuando nos fuimos para que les echaran arriba de las casas el agua empecé a sentir el pecho apretado, un dolor que no se me quita”, cuenta sentado en el portal de su casa con su porte de hombre bravo, vestido con una camisa de cuadros y un sombrero de ala corta en el inconfundible estilo del México campesino.

Sósimo Nieto, de 79 años, vive ahora en Bella Vista del Río, una comunidad del estado de Querétaro que calza una nostalgia profunda, de cuando allá, en el cañada, estaban sus chozas con árboles frutales y había agua y peces y tierra y no lo que hay ahora: una presa hidroeléctrica que cambió aquella gloria.

La construcción de la presa hidroeléctrica Fernando Hiriart Balderrama, popularmente conocida como presa Zimapán, no fue un asunto sencillo una vez que el gobierno del entonces presidente Carlos Salinas de Gortari determinó que ahí almacenaría 1,500 millones de metros cúbicos de agua en 2,300 hectáreas.

El proceso duró cinco años, entre 1990 y 1995, y el primer reto fue convencer a los pobladores de que una parte de los $100,000 millones de dólares que costaría la obra, sería para ellos; a cambio, tendrían que desalojar, previa indemnización, tres aldeas ubicadas en la Riviera de los ríos Tula y Moctezuma.

Además de dinero en efectivo, el gobierno se comprometió a construir el pueblo de Bella Vista del Río en el municipio de Cadereyta con parque, juegos infantiles, asadores para convivencia familiar, templos, casas con cochera para dos autos, sala con chimenea, comedor, cocina, un baño y un patio.

Una parte de la comunidad lo aceptó pronto; la otra, hizo protestas y algunos escándalos pero cedió al final.

Sósimo Nieto fue de los primeros que subió la loma para dar paso a la construcción de túneles de conducción del agua que en su momento fueron los más largos del mundo para centrales hidroeléctricas; a las cavernas, socavones, bóvedas, excavaciones de roca, energía mecánica transformadores, turbinas y, finalmente…¡la energía eléctrica!

En Vista Hermosa del Río, Sósimo recibió lo prometido: una casa con arcos de tabique y piso de concreto y un patio donde volvió a sembrar una higuera. También unas parcelas para la siembra de maíz y frijol de temporal porque no hay más. El agua, en el semidesierto de Querétaro es un bien escaso y él ya no está a lado del río sino de una presa que ahora tiene otras actividades.

Bella Vista del Río
Bella Vista del Río

— Nos arruinaron la vida de allá abajo.

Las nuevas generaciones

Cuenta Jesús Trejo, un representante de la Secretaría de Turismo del lugar, que la vida por esos rumbos no está tan mal como la pintan los abuelos que ven la vida con otros ojos, más nostálgicos, menos a futuro. “Eran otros tiempos”, describe.

“Aunque yo no lo vi porque era muy niño cuando se mudaron, todo mundo cuenta que la gente no sabía qué hacer con sus nuevas casas y animales y algunos metían los chivos a los cuartos para convertirlos en establos”.

Quienes se sentían incapaces de adaptarse, vendieron sus propiedades y emigraron a Estados Unidos para arrancar una tradición que se mantiene hasta la fecha: la región contribuye por mucho a los altos índices de éxodo en este país que tiene en el extranjero al 18% de su población, entre ellos, uno de los hijos de Sósimo Nieto.

Así que Bella Vista del Río no crece, se mantiene con menos de 2,000 habitantes y algunos otros datos que le preocupan más al Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática que a los propios habitantes como el hecho de que su escolaridad promedio es de primaria, que hay 155 adultos analfabetos y sólo 38 terminaron la secundaria.

Entre estos últimos está Lizeth Nieto, de 35 años, quien actualmente trabaja en la delegación municipal, donde conservan la memoria de los pueblos desplazados. Fotografías de cuando lavaban en el río, de las chozas al fondo de la cañada y el decreto íntegro de cuando el presidente municipal Luis Hitler Velázquez “en uso de las facultades que le confirió el artículo 34 fracción 1de la ley orgánica” , les cedió las tierras.   

Vista panorámica del río Moctezuma, donde lavaban las mujeres.
Vista panorámica del río Moctezuma, donde lavaban las mujeres.
Lizeth Nieto
Lizeth Nieto

El conocimiento de esta historia a detalle hace que Lizeth Nieto tenga el arraigo y a contrasentido de la migración. Ella dice que “nunca se iría de Bella Vista del Río” porque ahí es su hogar, aunque no haya agua y la presa haya cambiado hasta los cimientos la vida de su pueblo.

La presa, las oportunidades

Crisóforo Martínez, a quien le gusta ser llamado “El Prieto”, sí quiso ir al otro lado. Desde los 16 años se fue a piscar jitomates a Nueva Jersey. Entre este estado y Nueva York recolectó todo tipo de verduras y frutas hasta que, harto de la crudeza de los helados campos, bajó a Georgia y comenzó a hacer trabajos menos duros.

De un modo y otro, cuenta, ayudó a otros paisanos a emigrar y a trabajar e hizo un capital entre las idas y venidas hasta que, finalmente, invirtió en un hotel: El Arbolito. Lo construyó paso a paso al borde del camino entre Bella Vista del Río y la presa. “Quería tener algo aquí en el pueblo y  ayudar a dar trabajo”, cuenta.

Los huéspedes de El Arbolito son principalmente grupos de pesca deportiva. La presa Zimapán es, además de generadora de energía, un sitio turístico que aprovecharon algunos pobladores visionarios y se abrieron a opciones que les dio el gobierno como los constructores de la isla Tzibanzá.

Tzibanzá es un complejo de 16 cabañas turísticas construidas sobre un monte cuyo pico sobrepaso  los 200 metros de profundidad que tiene la presa, por lo cual, quedó en medio del agua como una isla.

Vista panorámica de la laguna de Zimapán
Vista panorámica de la laguna de Zimapán

El gobierno de Querétaro visualizó esto como una oportunidad de negocio y ofreció a los locales desplazados un trato: las autoridades aportarían el capital y, quienes quisieran, la mano de obra. No muchos quisieron. Al final fueron 96 comuneros los tomaron el trato y actualmente gozan de la renta de las cabañas como un sitio exclusivo y romántico a un costo de $70 dólares por noche a cada huésped.

En tiempos previos a la pandemia, la lista de espera para hospedarse en Tzibanzá, era de seis meses; actualmente, es de una o dos semanas con posibilidades de saturarse pronto, según explicaron los administradores del hotel a este diario.

El negocio ha sido tan redituable que ya construyeron también un hotel de cuatro estrellas con vista panorámica a la presa, visitas guiadas a las compuertas y renta de lanchas para paseos o pesca, principalmente de tilapia (mojarra), pero también de carpas, bagres y lobinas que retozan por los 23 kilómetros cuadrados de agua.

El Prieto se inspiró, en parte, en este modelo de negocios para construir tres casitas en un terreno que compró a lado de la presa. Entre cactus, piedras y mármol, su espacio se convirtió en un proyecto ecoturístico avanzado con techos de madera, agua de lluvia y paneles solares a donde bajan a acampar los más aventureros.

Ahí se puede llevar comida para preparar en medio de una fogata o meterse a nadar si se aguanta el agua fría; hacer kayak o viajar en lancha arriba de un pueblo que supo convertir el revés en victoria, aunque el costo le toca pagar con chispazos de nostalgia a Sósimo Nieto en el México profundo, en el portal de arcos de ladrillo.

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